Cazador

Era fácil. Cosa de repetir e insistir, en algún momento algo bueno tenía que ocurrir. Hacer una tarea tan burda tenía que tener algún sentido. Con el tiempo, algo no me fue haciendo sentido, algo entre lo enseñado y lo practicado fallaba. Quizás el problema era yo, por no ser lo suficientemente hombre, pero a mis amigos -bastante más machitos que yo, porque jugaban a la lucha libre y eran campeones para la pelota- tampoco parecía resultarles. Sin embargo, ellos no se veían contrariados. Es más, parecían disfrutarlo, como si se tratase más de un juego de niños que del intento de agradar a una niña al decirle un comentario al aire.

Eran tiempos de ser jóvenes y estúpidos, bastante estúpidos. Más aún cuando se trataba de mujeres. Era difícil saber qué hacer, así que había que echar mano a lo que tenías más cerca: tus amigos, tan perdidos como tú. Y todo terminaba en un montón de teorías y mitos, basados en el consumo cultural: películas, series de televisión, libros, juegos y algún consejo trasnochado del tío de alguien. Todo parecía reducirse a decirle cosas bonitas a una mujer y tomar lo que quisieras cuando ella “pareciera ceder”. Suena fuerte, pero así es.

Todos los consejos de seducción que recibí en mi adolescencia apuntaban a lo mismo: “atontar y tomar”, cual cazador con su presa. “Le robai un beso”, en una acto de dominación y salvajismo. “Tómala cerca y cuando dude, te la agarrai”, donde importaba poco el otro (u otra). “Y cuando esté media curá, te la llevai a la pieza”, porque tú eres el cazador, nadie le pregunta a la presa su opinión.

Parecía que hacíamos lo correcto: era lo que nos habían enseñado. Aún así, todo era muy confuso, considerando que, además, muchas veces la cacería resultaba en fracasos. “Voy al baño y vuelvo”, podía ser el más doloroso de ellos, porque era el más rotundo NO que podíamos recibir. Al parecer, lo que nos habían enseñado no era del agrado de ellas. Nos consolábamos repitiendo que les gustaba hacerse las difíciles. Hasta que en un momento decidí abandonar a los viejos maestros y cruzar la vereda. Por suerte, con tantos fallos también había aprendido a hacer amigas.

Lo más interesante que descubrí es que ellas tampoco tenían muy claro cómo era la cosa. Al parecer, su rol de presa nunca las tenía muy cómodas. También había muchas incongruencias en lo que ellas aprendían. Una situación llamó en especial mi atención: hay cosas que a ellas les molestan. Era increíble, me di cuenta que ser insistente no era la puerta de entrada correcta a nada. Seguirlas por la discoteque parecía tener el efecto contrario del que buscábamos. A veces, simplemente, y a pesar de lo que creíamos, no querían ser joteadas o estar con un hombre, se bastaban con ellas mismas o estando con sus amigas.

De un momento a otro, entendí que “la presa” también era una persona. Ellas no estaban y no están allí para nosotros, a pesar de lo que creíamos y siguen creyendo algunos machos. Sin embargo, todo el mundo -incluso ellas mismas- repiten constantemente que sí, hasta el punto de ceder por obligación o bancarse el mal rato para callado. La presa es una persona, así ya no es tan bonito ser un cazador.

*Escrito originalmente por Francisco Rojas para Zancada

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