“INSTANTE” (Un relato sobre el acoso sexual callejero)

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    Camina apurada, está llegando tarde para su consulta de las dos. Es odontóloga y la espera una larga agenda de pacientes. Está satisfecha con su desempeño, sabe que ha logrado una buena posición profesional. Se siente segura de sí misma.

    Pero al pasar por una obra en construcción donde trabaja un grupo de hombres, escucha que le gritan desde las alturas: “mamita, estás para chuparte toda”,“qué culo que tenés negra”, “te parto en dos guacha”, “vení, que acá tenemos algo que te va a gustar”.

    Turbada y avergonzada, mira con disimulo a los transeúntes indiferentes. Por alguna loca razón teme ser juzgada y ridiculizada por quienes pasan a su lado. Se siente desnuda, en carne viva. Su cuerpo ya no camina con firmeza; se mueve duro y torpe, como si hubiera perdido el control sobre sus miembros, ahora amputados; como si las partes de su cuerpo se movieran con independencia.

    Hunde los ojos en el piso, teme mirar o hacer algún movimiento que provoque nuevos gritos. Jamás se atrevería a dar la cara a los dueños de esas voces. La virulencia de sus tonos y palabras han logrado su cometido: hacerla sentir una presa de caza que acepta la soberanía de una fuerza perversa sobre su ser. No tiene otra alternativa que huir, intoxicada de humillación. No sabría qué hacer si se dejara llevar por la rabia: nadie se lo enseñó.

    Siente miedo, mucho miedo… ¿de qué? Nadie,en realidad,va a agredirla físicamente. Hay mucha gente en la calle. Sin embargo, una extraña intuición la hace sentir en peligro, vulnerable, despojada de la posibilidad de tener control sobre algo, como si su cuerpo se hubiera convertido en el juguete de un paradójico poder carente de autoridad.

    ¿Que habría provocado esos gritos? ¿Sería la ropa? ¿Tal vez la pollera demasiado corta?,¿Acaso en su prisa venía contoneando demasiado las caderas? Por las dudas debe disimular. La sensación corporal de haber sido atropellada por un camión tiene que ser sofocada. Debe seguir adelante. Esto que le pasó es algo cotidiano, es así y siempre ha sido así.

    Se obliga a sugerirse que en última instancia se refirieron a su belleza física, que tal vez debería considerarlo un “piropo”. Eso la hace sentir aún más sola y empobrecida, por tener que transformar una violación en caricia. Caricia que mágicamente vendría a restaurar la estima de sí misma. Aprendió de las mujeres de su familia que la valoración de los otros es lo único que le otorga un lugar en el mundo.

    Piensa que si hubiese reaccionado de una manera diferente y devuelto los insultos, posiblemente hubiese salido mal parada. No se atreve y a la vez se siente culpable: tal vez alguna de sus amigas actuaría de una manera diferente, haciéndose valer.

    Con el cuerpo contaminado, entumecido, inhabitable, sigue caminando.Quiere recuperar el control diciéndose que es una exagerada, que en realidad no sucedió nada importante, duró solo un instante, tan solo fueron palabras.

    Mientras intenta exorcizar los impactos que fue obligada a vivir, una sensación de tristeza se hace presente, un vacío sin palabras. Siente como si necesitara un espejo para recuperar su imagen, ahora fagocitada y colonizada por aquellas voces de hombre.

    Intuye un sufrimiento que la trasciende y la sintoniza con un lejano saber, que la conecta a otros seres cuyas existencias reviven en la suya más allá de coordenadas de tiempo y espacio: brujas quemadas en hogueras, caperucitas devoradas por lobos, cuerpos suspendidos en esquinas nocturnas, amas de casa atrapadas en somníferos y guiones impuestos, diosas asesinadas, cenicientas que creyeron en un romántico rescate.

    Algunas escenas de la película Las Horas rondan su cabeza, y los pedazos de cuerpos de mujer que se exhiben desnudos, desollados, en las tapas de revistas de un quiosco, la vuelven a sacudir.

    Algo parece querer cobrar sentido, algo del orden de la sabiduría intenta emerger. Como si una memoria de mujer quisiera asistirla, para desenterrar un aprendizaje que había asumido la imposición del olvido.

    Pero no quiere pensar más, no debe pensar más. Demasiado, para un hecho banal y cotidiano que toda mujer vive por el hecho de ser mujer. Seguro está exagerando, se dice. No es momento de decaer, debe olvidar lo vivido. Su paciente de las dos la espera, y quienes vienen después también. Tiene que seguir adelante, como todos los días, como si nada hubiera pasado…

    Lic. Ruben Campero.

    *Este relato se encuentra publicado en el capítulo V “Silencios putos” de mi libro “Cuerpos, poder y erotismo. Escritos inconvenientes. Editorial Fin de Siglo, Montevideo, 2013.

    **Ilustración de Karina Billa.