“Las manos de ese hombre grotesco y bruto que quedaron marcadas como por tres días”

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    Aún recuerdo cuando tenía tan solo 11 años de edad. Era verano y como era frecuente para la fecha, por el calor y el sol, viajamos a una playa cercana de vacaciones.  Hasta ahí todo marchaba bien. Yo era una chica muy tímida y aún no tenía malos pensamientos, vivía en un mundo bastante infantil e inocente, hasta que pasó lo que tenía que pasar: un día fuimos a la playa con mis abuelos y mi hermano bebé. Ellos me dieron permiso para bañarlo, así que lo tomé en brazo y estuvimos chapoteando en la orilla. Había mucha gente, algo normal en ese balneario, la estábamos pasando tan bien hasta que de repente, sentí dos manos grandes que me agarraron mi trasero de una manera tan asquerosa y brutal… ¡Sin pudor me agarró y apretó hasta más no poder! Con el impacto salté y casi solté a mi hermano. Rápidamente,  me  di vuelta y no encontré a nadie: el cobarde se había sumergido bajo del agua. Tras la horrible y chocante experiencia, fui hasta donde estaban mis abuelos con un dolor terrible y con la cara llena de lágrimas. Dejé sentado a mi hermano y no hice más que llorar,  mi abuelo quiso llamar a alguien, pero como no vi su rostro, nadie nos iba a prestar atención.

    Mi abuela me consoló y me dijo algo que ahora creo que está mal: “Hija estas cosas  pasan y te pasarán siempre”. Nos fuimos del lugar y cuando llegamos a casa aún sentía dolor en mi cuerpo. Las manos de ese hombre grotesco y bruto que quedaron marcadas como por tres días. Sentía asco y repulsión. ¿Por qué me tenía que pasar esto a mí? Mi madre y abuela sólo me  decían que era por ser mujer. No era la mejor respuesta. Somos niñas, somos mujeres y nadie tiene el derecho de hacernos ni decirnos nada, menos quitarnos nuestra inocencia.

    Han pasado 10 años y aún siento miedo de bañarme en la orilla de la playa. Crecí con ese miedo constante hacia los hombres. Ahora, con mayor madurez, no dejo que nadie me piropee o me diga cosas. Los enfrento y hago pasar vergüenza públicamente.

    Con mi familia nunca volvimos a hablar de lo sucedido, pero me di el valor de contar mi testimonio para que este tipo de situaciones no vuelvan a suceder. Espero que pronto se penalice en Chile el “Acoso Callejero”, porque no lo merecemos.