“Me ocupaba como “modelo” de todos sus ejercicios, en donde aprovechaba de tocarme la cintura o las piernas”

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    Me inscribí en el taller de acondicionamiento físico de mi establecimiento educacional. El profesor era un hombre de unos 34 años y nos recibió a todos amablemente, pero a mí me trató, desde el primer momento, como si fuéramos amigos o nos conociéramos de antes. Aclaro que soy la única mujer de 27 años, todas mis compañeras tienen entre 18 y 22 años.

    Al principio no me pareció mal, lo encontré amable, pero a las dos clases que fui no dejaba de mirar mis senos cuando saltaba la cuerda o para “ayudarme” a elongar en posiciones súper incómodas. Además, me ocupaba como “modelo” de todos sus ejercicios, en donde aprovechaba de tocarme la cintura o las piernas.

    Pasaron dos días y me lo encontré en el patio. Me miró de pies a cabeza y me dijo: “¡woow, qué guapa!, la cagaste” y se sentó en mi mesa sin pedir permiso. Me invitó a andar en bicicleta, le dije que no, pero como me negué me ofreció ir a cenar. Nuevamente le dije que no. Me preguntó: “¿entonces vamos por un sándwich?”, respondí que no, gracias. “¿Entonces armamos un asado en mi casa”. Fue tan insistente que se me salió un “yapo, no seas patudo”. Ahí me miró con muy mala cara y me dijo: “mejor porque las mujeres comen y toman mucho”.

    Por culpa de este tipo ya no iré más al taller, porque me da lata verle la cara y aguantar sus miradas. Me pregunto qué pasará con mis otras compañeras que quizá no se atreven a parar a tipos como este.

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