¡Mijita rica!: ¿Libertad de expresión?

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    No soy objeto, no soy a quien crees conocer. Me construyo y de-construyo día a día. Soy un cuerpo diferente, autónomo. Y mientras el masculino hegemónico defiende su libertad de expresión, yo lo invito a expresarse de otra manera. A que deje de parapetarse en sus viejas estrategias de supremacía, a que se rebele, a que le invente a su cuerpo un significado diferente, a que renuncie a los roles conocidos, a que se exprese, a que entienda que la libertad es permitirnos existir entre muchos.

    José existe y compartió un recuerdo conmigo. El de un tío que a los quince años, lo obligaba a acosar mujeres en la calle: “Grítale, ¡mijita rica, te lo metería hasta adentro!”.  José cuenta que sentía un nudo en el estómago. No se atrevía a hacerlo. Le daba miedo, vergüenza. Para zafar, José hacía oídos sordos. Pero un día no pudo con la presión, y lanzó el grito. Fueron pocas veces. Las suficientes para sentirse podrido. Sobre todo cuando su tío le palmoteó la espalda, felicitándolo.

    La historia de José, ilustra algo que suele invisibilizarse:la masculinidad es adquirida. Se aprende a ejercer de masculino, así como se aprende a armar una carpa en verano.

    El problema es que nuestros cuerpos no vienen con instrucciones de uso escritas en un folleto fácil de leer. Hay mandatos de género socializados entre nosotros, que provocan relaciones de poder y dominación, otorgándole a ciertos cuerpos mayor estatus que a otros.

    Diversas teóricas feministas han sido enfáticas en señalar que así como vivimos en un sistema económico desigual, también estamos inmersos en un sistema sexo-género, que asigna roles y significados sociales a nuestros cuerpos, reprimiendo su potencial de existir en el mundo.

    Es sabido que la masculinidad heterosexual y misógina ha conquistado este sistema, ejerciendo control. Y, en palabras de Michael Kaufman -teórico y activista por una masculinidad crítica-, esta masculinidad hegemónica se ha impuesto mediante un “trabajo de género” que, además de someter a sujetos diferentes, busca el adoctrinamiento entre iguales, forzándolos a eliminar sentimientos, esconder las emociones y suprimir necesidades particulares.

    En ese sentido, el “grítale-mijita-rica-te-lo-metería-hasta-adentro”, es la cancioncita de una masculinidad que sigue buscando nuevos soldados para su causa. Por eso, resulta tristemente coherente que desde que el Observatorio Contra el Acoso Sexual Callejero comenzó a operar, militantes activos de esa masculinidad hegemónica hayan contra-argumentado a nuestras denuncias diciendo que éstas coartan su libertad de expresión.

    Para esa masculinidad que hoy dramatiza, el grito de connotación sexual que lanzan a las mujeres en la calle, la mirada lasciva, el silbido, los jadeos en el oído, las masturbaciones públicas y los “punteos” en el metro, son las manifestaciones necesarias de su sobrevalorada virilidad. De ahí que acusen una persecución en su contra. Porque huelen en nuestra denuncia el cuestionamiento a una masculinidad que para ellos es la única imaginable.

    Porque al denunciar el acoso sexual callejero que vivo, estoy tomando el “grítale-mijita-rica…” y lo estoy devolviendo en forma de boomerang. Porque ese “grítale-mijita-rica…” pretende ubicarme en un lugar en el cual no quiero estar, al que no pertenezco. Es una cárcel inventada por quien se atreve a inscribir en mi cuerpo, un femenino obligatorio. Una forma de ser mujer que no comparto. No soy objeto, no soy a quien crees conocer. Me construyo y de-construyo día a día. Soy un cuerpo diferente, autónomo. Y mientras el masculino hegemónico defiende su libertad de expresión, yo lo invito a expresarse de otra manera. A que deje de parapetarse en sus viejas estrategias de supremacía, a que se rebele, a que le invente a su cuerpo un significado diferente, a que renuncie a los roles conocidos, a que se exprese, a que entienda que la libertad es permitirnos existir entre muchos.

    * Columna escrita por Verónica Torres originalmente para El Quinto Poder