“Mis historias son un reproche a todos los momentos en que debí levantar la voz”

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    Pensé mucho tiempo cómo escribiría esto. Leía los testimonios y sentía que en realidad mi historia no era tan terrible, pero el deseo de contarla seguía creciendo hasta que una noche de reflexión pensé en el montón de cosas  que había vivido en mi vida y todas las veces que no me hice respetar, que alguien pasó por sobre mi inocencia, confianza e intimidad sin sentir un mínimo de vergüenza. Mis historias son un reproche a todos los momentos en que debí levantar la voz, porque me da vergüenza no tener la fuerza de enseñarle a estos abusadores que a la mujer se le respeta, y que cada vez que callo estoy provocando que otra mujer pueda sentir lo mismo que yo.

    Esta no es una historia de acoso callejero. Es la historia que nunca he sabido cómo contar. Cuando estaba en básica, estudiaba por las tardes, así que en las mañanas me iba a la cama de mi mamá para ver tele con ella y regalonear un rato. Un día mi madre tuvo que dejarme sola porque necesitaba comprar cosas para el almuerzo. Al rato alguien llamó por teléfono, era un hombre. Él me dijo que era amigo de la familia y preguntó si mi padre estaba en la casa, instintivamente respondí que no. Me preguntó si mi madre se encontraba y le dije que había salido, pero que volvía al tiro… Era tan inocente. El tipo me dijo que era doctor y que quería “revisarme”, así que me preguntó cuántos años tenía y qué ropa llevaba (no sé qué respondí). De pronto, me preguntó cómo era mi “cosita”, que si sabía cómo eran las “partecitas” del hombre, que si tenía “pelitos” y que me empezara a tocar. ¡Dios, corté el teléfono tan pronto como pude! Por suerte, mi madre desde pequeñita me enseñó que nadie podía meterse con mis “partes de niña”. Cuando mi madre llegó a la casa estaba asustada, sentía miedo de que ella me retara por algo que nunca fue mi culpa, así que nunca le conté a nadie esto, lo borré de mi memoria por años, pero ahora de grande caí en la cuenta de que debió ser algún vecino o alguien muy cercano. ¿Cómo mierda supo este asqueroso que mi madre no estaba en la casa? ¿Cómo sabía que había una niña en esa casa que el podía acosar? Nunca lo sabré.

    El resto de mi infancia fue relativamente relajada, nunca he sido bonita. Todo eso hasta que me creció un busto grande cuando nadie tenía nada. Las niñas me rechazaban y los hombres sólo querían hablar de mis pechos. Me alejé de todo y me volví solitaria, rasgo que mantengo hasta hoy. Pasaron varios años, me cambié de ciudad y comencé a juntarme con puros hombres; nunca he sido buena con las mujeres, quizás porque me crié muy cercana a mi hermano.

    Un día fui con una compañera a la casa de un amigo a hacer una tarea para el colegio. Nos sentamos junto al computador con él y cuando ella se levantó al baño el me agarró muy fuerte, tanto que no pude zafarme y de la nada me plantó un beso. No supe cómo reaccionar, ni qué hacer. Lo saqué como pude y quedé para adentro. Cuando llegó mi compañera, yo estaba pálida y nerviosa. Intenté como pude terminar mi trabajo para poder irme pronto y olvidarme de todo lo sucedido. Ese fue mi primer beso.

    El resto es una mancha borrosa de agarrones de pechos en reuniones de amigos aprovechándose de la oportunidad de un pasillo delgado; que me tiraran a un sillón, me tocaran entera y no saber cómo arrancar; que me manosearan bajo la mesa en clases, cuando creían que nadie miraba, y me pasaran la mano por toda la pierna hasta donde nadie debería llegar sin permiso. Y una la tonta quedándose callada, tiesa, sin saber qué hacer ni cómo reaccionar por vergüenza. Juro que nunca busqué que me pasara todo eso.

    Un día, camino al colegio, me subí a una micro llena. Al rato sentí que alguien se puso detrás mío e insistentemente trataba de quedar en esa posición, por mucho que yo me moviera. Puse mi bolso detrás (por suerte usaba uno) y la cosa se calmó por un rato. Estaba tan lleno que no pude verle la cara y pasé mucho rato tratando de convencerme que no era lo que yo pensaba. De repente, sentí que una mano me subía la falda del colegio, me tocaba el trasero y me manoseaba. Traté de correrme y mirar, pero no podía. ¡No pude más! Empujé a toda la gente que tenía alrededor, gritando permiso con todas mis fuerzas y tratando de no llorar. ¡No podía dejar que un asqueroso me hiciera llorar! Cuando por fin me pude dar vuelta, vi la cara del viejo llena de risa. Le causaba gracia mi vergüenza, mi miedo. Puse la música fuerte, cerré los ojos y trate de olvidarlo, pero ¡no, esas cosas nunca se olvidan!

    Todas hemos vivido esas miradas y frases al oído de viejos asquerosos que no deberían  acercarse; de esos tipos que te ven sola en un paradero y te preguntan dónde vives o tu nombre; que te dicen que eres bonita pero no te miran a la cara; que te ven esperando a alguien y creen que es correcto acercarse para decirte lo que se les antoje.

    Nunca me consideré una mujer bonita, aún así he vivido todas las cosas que nombré y quizás cuantas otras que mi mente decidió olvidar.

    Hoy me niego a seguir callada. No quiero seguir escondida, ni que a las demás les pase lo mismo. Confronto a cada asqueroso que mira a otra mujer de pies de cabeza. Los miro con odio hasta que la vergüenza se los coma.

    Por eso les digo a las mujeres que debemos ser empáticas, fuertes y enseñar a nuestros hijos e hijas que se hagan respetar y respeten a otros. Tenemos que defendernos entre nosotras y hacerlos sentir como la verdadera peste que son. Ellos no tienen idea el daño que una palabra o agarrón le hace a una persona y cómo eso puede llegar a destruir la inocencia e alguien.

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