No más acoso callejero, ¿O es muy talibán lo que estoy diciendo?

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    Quiero ser tratada como igual, no como un “objeto lindo” o “carne”. Sin embargo, los extraños en la calle piensan que una es sólo un objeto, uno que no siente, que no responde, que no debe responder o que hasta le parece “divertido” que responda. No somos más que una cosa que mirar, inferior y ESO es lo que debe cambiar.

    Cuando era niña, me acuerdo de este spot publicitario de TVN, donde una bella muchacha, en sus veintes, con un ceñido traje de ejecutiva, camina bajo el alero de una construcción. Por supuesto, los silbidos, chiflidos y frases de pseudopoeta no se hacen esperar, mientras ella, nerviosa, ríe y baja la cabeza al caminar. “Qué linda esa pollita, para chuparle los huesitos”, dice una de las voces de los “maestros” que destaca por sobre el resto y grita. Ella ríe, sale el mensaje del canal y el spot termina.

    Recuerdo no haber sonreído, ni que me pareciera pintoresco u original el spot, al contrario, en mi fuero interno, tuve esa sensación intestinal de que algo no estaba bien con el conjunto entero, en especial con la frase para el bronce, la reacción de ella, todo. Me parecía y me parece insultante. “Pollita”, “Chupar”, “Huesitos”. No son términos que a mí me gustaría escuchar en la calle.

    Yo no tenía más de 10 años y hasta hoy esa frase me persigue. Creo que representa una naturalización institucionalizada de un acto que, lejos de ser poético, ofende y menosprecia. El tratar a una mujer con un símil animal ya es bajar de categoría tanto al animal como a la mujer, reduciendo ambos a una categoría “inferior”. Yo hombre, te trato en la categoría de “pollo” (carne) al que me puedo comer, en mi categoría de carnívoro, porque no eres un interlocutor válido y por lo tanto te puedo tratar como se me venga en gana. Segundo, por la reacción de ella ante el estímulo “piropo/halagador/poeta”, que más parece de vergüenza que esa reacción de inocencia que intentaron, vanamente, retratar.

    Es cierto que a los 10 años una no haría un análisis de esa clase, pero sí sentí que debía cuestionarlo. Al principio, fue de carácter instintivo, sólo un “algo está mal”, sin demasiados argumentos, pero un cuestionamiento al fin. No es como quiero que me traten. No es la forma de tratar a una mujer, ni en su categoría de mujer, ni en su categoría de persona.

    Los años pasaron y unos cuantos “piropos” después, había reunido argumentos para responder de vuelta. No me gusta que me incomoden cuando yo no molesto a nadie en la calle. La pregunta siempre era la misma: “Y a ese, ¿qué le importa cómo me veo o cómo me visto? No lo conozco, no me interesa conocerlo y mucho menos, si se mete en lo que no le importa”.

    Al final, se trata de eso: quiero ser tratada como igual, no como un “objeto lindo” o “carne”. Sin embargo, los extraños en la calle piensan que una es sólo un objeto, uno que no siente, que no responde, que no debe responder o que hasta le parece “divertido” que responda. No somos más que una cosa que mirar, inferior y ESO es lo que debe cambiar.

    Una idea: primero desnaturalizando el asunto. No es “simpático” que nos llamen por sobrenombres o nos digan poemas mal hechos, creyendo que nos hacen un favor. No es “simpático” que hagan sentir a una escolar asqueada de su propio cuerpo con insinuaciones venidas de un viejo que es el único asqueroso. No es “natural” que nos toquen la bocina o nos griten de un auto groserías pensando que son “halagos”, sin posibilidad de defendernos o al menos responder si nos parece o no. ¿Si debe terminar el acoso callejero? Mil veces sí.

    * Columna publicada por Kitsune originalmente en El Quinto Poder