“No me quería preguntar nada, solo necesitaba susurrar de la forma más asquerosa posible lo que me haría en el culo”

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    Tenía 17 años. Iba camino al Preu, temprano en la mañana. Como todos los lunes, crucé la plaza de armas de Concepción. Vestía mis jeans regalones y un polerón nada “provocador”, además llevaba mis audífonos puestos, que musicalizaban el ir y venir de la gente. En eso, vi a un hombre de unos 50 años que me miraba fijamente y se acercaba hacia mí. Bajé el volumen de la música pensando que me preguntaría algo, porque caminaba acercándose cada vez más. No me quería preguntar nada, solo necesitaba susurrar de la forma más asquerosa posible lo que me haría en el culo. Aún recuerdo la frase exacta. Me quedé inmovilizada por el espanto y este sujeto aprovechó para rozar su brazo con mis piernas. Luego aceleré el paso, apagué la música, guardé mis audífonos y caminé en silencio. Han pasado seis años desde esto y muchas situaciones de acoso, pero sin duda ese susurro aún me despierta un asco terrible.