“Tenía tanta rabia que no aguantaba las lagrimas, mientras él seguía gritando cosas”

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    Venía de regreso de una marcha un sábado. Decidí tomar la micro en vez de metro, justo fuera de estación República. Cuando tomé la micro que estaba llena, me fui hacia la parte de atrás para ir un poco mas cómoda. Mientras caminaba hacia el final de la micro, sentí un roce en mi trasero. Pensé en no darle importancia, pero volví a sentir el mismo roce. Ahí me di cuenta que no había sido algo tan simple: me di vuelta y vi a un viejo sentado que me estaba mirando mientras se reía. Lo encaré y le pregunté que qué le pasaba, por qué me estaba tocando. “Loca culia” fue lo que más me dijo. Seguí avanzando hacia el final de la micro. Nadie se metió en la discusión, sólo se quedaron mirando, como siempre. Sentía una impotencia tan grande, tenía tanta rabia que no aguantaba las lagrimas, mientras él seguía gritando cosas. Yo solo quería llegar rápido a mi casa. El viejo se acercó a la puerta del medio de la micro para bajarse a la altura de Universidad de Santiago y me gritó: “¡no le des tanto color que sino te vai’ a quedar sola!”. Me tiró un beso y se bajó. Después se me acercó a una mujer a preguntarme si estaba bien. Le respondí que no servía de nada preguntar una vez que el agresor ya se había  ido. Me bajé en el próximo paradero para tomar la siguiente micro a mi casa.

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