“Un tipo empezó a caminar hacia mí, levantó su mano y la pasó por mi entrepierna”

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    Tenía 14 años y decidí ir donde un amigo alrededor de las diez de la mañana.

    Iba caminando apurada, porque me daba miedo andar por las calles del centro de Santiago, pensando que podrían asaltarme, sin saber que lo menos que podía pasarme era eso. Seguí caminando y pasando por calles solitarias, apurada y preocupada.

    De repente empecé a caminar por una calle mucho más concurrida y bajé la velocidad porque me sentí segura al estar rodeada de gente. Lo que no sabía era que donde más segura me sentí, menos lo estaba.

    Un tipo empezó a caminar hacia mí, levantó su mano y la pasó por mi entrepierna intentando apretarla, ante la mirada de todas las personas que caminaban y que no hicieron absolutamente nada por defenderme.

    Me quedé quieta en la mitad de la calle y la gente me empezó a empujar para pasar. Seguí caminando hacia a casa de mi amigo y una vez ahí, solo quería llorar y abrazar a alguien, pero cuando le conté, él se rió y me dijo que me calmara, que siempre pasaba, que era tonto y que me acostumbrara.

    Nunca se borró de mi mente la cara de aquel personaje que hizo algo que “siempre pasa”, algo “normal”. Hoy tengo 18 años y aún no olvido aquella experiencia, pero bueno… Siempre pasa, debería acostumbrarme, ¿no?

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