“Ya po’, cuiquita, si te quiero manosear un poquito nomás, te lo hago rico”

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    Era fin de verano y hacía calor. Yo andaba con jeans y una polera, comunes y corrientes. Ese día acompañé a un amigo marino a unas clases de cueca en la Escuela Naval de Valparaíso. Yo me había estacionado en la misma calle, aproximadamente a unos 50 metros de la entrada, que contaba con guardias y todo.

    Al terminar la clase, mi amigo tenía permiso para salir de la Escuela Naval. Como debía formarse y cambiarse de uniforme, me pidió que lo esperara en mi auto. Me subí y abrí la ventana, por el calor que hacía y para fumar mientras esperaba. Prendí la radio y chateaba en mi celular tranquilamente, cuando desde atrás de mi auto apareció un tipo de unos 30 años e intentó subirse metiendo las manos para sacar el pestillo.

    En el momento pensé que intentaba asaltarme, pero me metió la mano bajo mi polera, dándome un fuerte agarrón en el pecho izquierdo, mientras seguía intentando subirse a mi auto y decía: “ya po’, cuiquita, si te quiero manosear un poquito no más, yo sé que te va a gustar y te lo hago rico”.

    Cuando se dio cuenta de que los guardias de la Escuela Naval iban hacia el auto, desistió y salió corriendo, desapareciendo en la esquina de la calle siguiente. Los guardias llegaron hasta mi auto. Yo estaba traumada, llorando y con los brazos cruzados tapándome el pecho, aún sintiendo el dolor del apretón. Me preguntaron si estaba bien y me dijeron que tenían que volver a sus puestos. Nunca había sentido tanto miedo en mi vida, y de sólo pensar lo que podría haber pasado si el tipo hubiese aparecido estando abajo del auto, o si hubiese logrado entrar, me da una sensación de angustia horrible.

    Los días siguientes tenía constantes recuerdos de lo sucedido. Sus palabras asquerosas seguían retumbándome en la cabeza y el moretón que me dejó me duró una semana. Nunca imaginé que en mi auto, a plena luz del día y frente a una institución de las Fuerzas Armadas podría pasarme algo así. Desde entonces, en cualquier momento y lugar que estoy sola, tengo en mi mano un spray de pimienta que no dudaré en usar contra cualquiera que trate de acosarme.